Carta a mi mismo

Publicado en Uncategorized el Marzo 19, 2009 por tepokany

Cuando me convencieron de abir éste portal  me prometí nunca usarlo cómo “diario”. De hecho tengo uno en el que cada que lo recuerdo escribo. Amo escribir. Bueno, y rompiendo mi promesa me encuentro hoy al teclear estas letras. Necesito un nuevo desahogo porque la presión y la importancia que le doy a la realidad comienza a  atraparme, siento que empiezo a perder mi esencia. La que tarde en recuperar durante dos años. No sé que suceda, pero la vida cotidiana no es para mi.  Tal vez me he preocupado demasiado, eso de tener que enfrentar una crisis que aunque simbólica ( por el unico poder del dinero que nace a partir del valor simbólico que le damos) se hace notar en mi hogar.

Mis padres se esfuerzan por darme  los ingresos considerados para la escuela, sólo eso.  Pero no es suficiente. Y no es que yo me de los lujos de salir a emborracharme cada viernes cómo es costumbre para mis compañeros de la facultad. En primera no me gusta, en segunda, no cuento con la facilidad monetaria para hacerlo. Todo ese dinero que gastan preferiria yo usarlo para las copias que aún no saco de Teorias de la comunicación o los libros que pide el profesor de Historia. No, no me considero ñoño, sólo me gusta leer, auqnue a veces se vuelva pesado. Los quinientos pesos que aproximadamente se gastan cada viernes los usaria yo para comprar peliculas fotograficas, tomarlas y llevarlas a revelar e imprimir.

 Yo sabia que estudiar la carrera sería dificil, pero nunca imagine que uno de los obstáculos para poder realizar éste anhelo sería impuesto por mis padres. No los juzgo, estoy conciente de la situación económica que rige a mi familia, es por eso que decidí buscar empleo.

No es la primera vez que lo hago, de hecho trabajo desde los doce años o antes, obviamente no en empleos de categoria e importantes con prestaciones de ley y facilidades de ascenso. No, cuando se crece en un ambiente clasemediero que nació de la pobreza se debe aprender a obtener las cosas por sí solo. Desde los doce años yo me visto y me calzo, a excepción de los ocasionales obsequios que mis padres me hacen. He trabajado como vendedor de ropa, como empacador en un centro comercial trasnacional, de fotógrafo de fiestas ( deplorable y nauseabundo, por cierto), vendiendo dulces, vendiendo periódicos, vendiendo disfraces,  he vendido hasta chicharrones preparados y plátanos fritos jaja. Laboré en un telemarketing tambien.

Y siempre llega un momento en el que dices ¡No mames! ¡Estoy harto! muchas veces tambien, no lo puedo negar, nos ponemos en nuestro papel de victimas, pero ¡imaginense si el yo fuera considerado anti-ego por nosotros mismos! ¡Terminaríamos suicidandonos tan solo al tener conciencia de nosotros mismos!

Siempre tambien he tendio salidas por las cuales ahuyentar el estrés: ver televisión, leer, gritar, llorar, esuchar música a todo volumen en una tarde lluviosa, esconderse debajo del escritorio, salir a caminar, escaparte de tu casa, tomar fotografías, escuchar The passenger , a los Beatles “strawberry fields forever“  o “chale! ¡Sólo quiero un pedacito de mundo pa mi“, o subir al techo de mi casa en la punta del cerro y mirar la inmensidad de ésta realidad putrefacta, o acostarme y  mirar la inmensidad infinita interminable y grandiosa del cielo e imaginar que te supernovas rápidamente en un alto grado de exo-conciencia del mundo. Está bien lo dire en una palabra me “malviajo”

Pero es que ¿qué otra salida puedo encontrar ante esta realidad tan asfixiante? Es raro, me siento enclaustrado en el mundo. siempre he dicho que no he nacido yo para éste mundo, no es que éste tomando una actitud egoísta y presuntuosa sobre mi persona, porque (sin presumir, sinceramente) la sencilles es lago que me caracteriza, y lo puede constatar la gente que me conoce.

Yo soy una persona buena, fuera de los impulsos destructivos que tengo hacia con mi hermana cuando n0s enojamos y que se muestran esconciendole sus cosas o molestandola cuando habla, creo que soy una persona buena. no me gusta dañar a la gente y hasta cierto punto me intereso por su bienestar. Siempre he dicho que cambiaré al mundo y que me gustaría que la injusticia terminara. Pero luego observo la realidad y me vuelvo a decir ¡No mames! Lo mejor que le pasaria a éste planeta sería que lña humanidad desapareciera. Asi todo sería natural, equilibrado, pacifico.

Y vuelvo al punto son los malditos símbolos los que nos meten en tantos problemas, desde la familia hasta el dinero, desde las relaciones sociales hasta las antisociales, todos son procesos que se ven dominados por la capacidad simbolica y significante que el hombre le ha dado. La sociedad es la culpable de los problemas sociales. El individuo es culpable de los problemas individuales. ¿quién más? Los asaltantes, violadores y asesinos  asaltan violan y asesinan porque la sociedad los ha obligado a hacerlo, ya sea educandolos, discriminandolos o adoctrinandolos.

¿Cómo quieren que una persona que nace y se desarrolla  entre asaltantes cuando crezca sea beneficiario público? ¿ cómo pedir que un niño que se desarrolla dentro de parametros clasistas o racistas sea combatiente de estos males cuando crezca?

¿De quién es el problema entonces? De todos. ¿De qué se queja la sociedad? de ella misma ¿Quién ataca a la sociedad? ¡Ella misma!  ¡vivimos en un circulo viciosos del que no se puede salir! No espera. si hay una salida : la realidad alternativa, es lo que yo hago, huyó, me voy, me malviajo. No, no necesito drogas, es una cualidad que apredi a utilizar y que sé que todos tenemos, no hay más que cerrar los ojos y volar sobre inmensos campos de fresas a través de inmensos cielos azules: nothing is real …strawberry fields  forever…

Anuncio de una crónica muerta

Publicado en Uncategorized el Marzo 10, 2009 por tepokany

El seis de junio del dos mil seis a las ocho de la mañana Rubén se levantó y recogió el periódico que diariamente llegaba a  su buzón.  Se sentó a desayunar a la par que ojeaba el  diario en busca de alguna nota de su interés, preocupado más por las noticias referentes al caso que él estaba investigando que por los desplantes diarios del presidente de la república en sus ya conocidos spots. Desde hacía medio año la agencia le había confiado la tarea de investigar al senador López Loreto que supuestamente estaba involucrado con el narcotráfico y  una secta que había secuestrado y asesinado a  por lo menos veinte niños el último mes.

        Casi a punto de terminar su desayuno su atención cayó sobre un edicto, el fondo negro y las grandes letras blancas lograron que su vista se fijara  en ese cuadro y olvidara todo lo demás, hicieron que se cayera su mundo al igual que el vaso de jugo que se dirigía a su boca. “El Mercurio lamenta la pérdida de su colaborador  Rubén Almaráz que trabajó durante diez años en nuestra redacción” decía el anuncio, la resaca que sufría fungió como detonante nervioso aquella mañana.

        Sin duda eso era una amenaza  y una señal del riesgo que corría al llevar a cabo esa investigación, que sin embargo, tenía ya casi terminada. Descubrió  los verdaderos nexos entre la secta, el narco y la política de la república; no sólo el senador López Loreto estaba involucrado sino también altos funcionarios de presidencia, medios y empresas importantísimas.

        Dejó el periódico, se bañó y salió de su casa. Un auto estaba estacionado en la acera de en frente, era él. Tratando de no ser visto por los vecinos se dirigió hacia el auto negro y subió arrancando inmediatamente. Le preguntó la razón de haber ido a buscarlo a su domicilio y exponer la operación después de tan intrigante suceso; nunca  Rubén tenía visitas, mucho menos esperándolo extrañamente frente a la casa de los García, los vecinos más chismosos de todo Coyoacán.

        El auto tomó avenida universidad y se metió en unas calles para salir a Reforma. Rubén  bajó del auto frente a las oficinas de El Mercurio y entró a la recepción observado por  el asombro de todo el edificio que detuvo sus labores para preguntarse cómo el muerto de aquella  mañana estaba caminando entre ellos.

        Rubén se dirigió  a la oficina del presidente, éste colgó el teléfono mientras  asombrado lo miraba entrar por la puerta.

        -¿Cómo es posible?- le preguntó el editor -Hoy en la mañana vimos tu cuerpo en la morgue, yo te vi…

        -Fue una artimaña planeada por ellos. En realidad no salí de mi casa en todo el fin de semana.

        – ¿Quieres que te de un tiempo, unas vacaciones, en lo que se calman las cosas?

        – No te preocupes Héctor, estoy bien. Ellos no me tienen localizado, no hay forma de que den conmigo.

        – Pero ya saben que los estás investigando, creo que es mejor dejar esto por un tiempo, no podemos arriesgarte más, ha sido demasiado con el susto de ésta mañana. Cerrarás la investigación, sabes que eres como un hijo para mí, me dolería mucho perderte. Creí que te había perdido hoy.

        – Agradezco que me hallas criado, pero eso no interrumpirá mi labor, tengo casi resuelto el caso no lo puedes echar atrás.

       – ¡Te lo prohíbo!

       – Si lo supieras no te atreverías… – dijo murmurando sin que Héctor lo escuchara.

        Rubén salió de la oficina sin atender a los reclamos y peticiones de su padre adoptivo. Se dirigió a su cubículo, recogió algunos documentos  y abandonó las instalaciones de El Mercurio. Caminó durante horas y pasó a comer a un restaurante de la colonia centro. La tarde fría y ventosa cada vez se volvía más obscura y él, después de un menú de platillos típicos de la ciudad,  reanudaba su caminata. Parecía que no tardaría en llover.  

        Sus pies lo llevaron a la colonia Roma, deambulando por las calles solitarias, oscuras y frías. Llegó a la calle de  Mérida acompañado de  una ligera llovizna. A mitad de la cuadra se ubica una casa antigua, casi en ruinas; el portón tenía el número ocho. Rubén tocó la puerta y  un sonido seco inundó el que al parecer era un pasillo, esperó unos minutos y después escuchó pasos lentos y arrastrados que se dirigían a abrir la entrada. Con un chirrido  oxidado, fuerte y espantoso se abrió el portón; un hombre delgado, de nariz afilada, ojos grandes, cabello negro y  blancas manos largas lo recibió diciéndole: – Te estábamos esperando.

Era él de nuevo, el mismo sujeto del auto negro en la mañana.

        Mientras Rubén se encontraba  comiendo en el restaurante, Héctor  decidió  salir de la redacción e ir a la morgue de nuevo a tratar de obtener información sobre el cadáver  que había creído esa mañana era el de su hijo.  Conducía lentamente tratando de encontrar una explicación a lo acontecido; el cadáver había sido identificado por él, sin duda era  Rubén muerto, pero,  si fue un truco de la mafia ¿Por qué había reconocido sin duda alguna aquél cuerpo? Llego a la  morgue y pidió ver al  occiso de nuevo. Los encargados lo dirigieron a la zona dónde se encontraban los cuerpos reconocidos, abrieron la urna  número ciento veintitrés  y se quedaron asombrados al ver que el cuerpo ya no estaba.  Los médicos salieron a las oficinas a preguntar si alguien se  lo había llevado, pero nadie sabía nada. El director del forense le prestó las pertenencias del difunto a Héctor, por si  le fueran de utilidad.

       Revisando la  chamarra  encontró una servilleta, en ella estaba escrito un número de teléfono y una dirección que no se encontraba muy lejos de allí. Sus manos arrugadas y viejas manejaban el volante desesperadamente.  En menos de diez minutos estaría en aquella dirección; el ambiente se hacía más denso y húmedo, era seguro que iba a llover.

       Llegó al lugar citado y  decidió aparcar ya que no era una colonia muy transitada y sus calles eran anchas. Una ligera llovizna caía sobre la ciudad, sin embargo, se avecinaba una tormenta pues fuerte viento era pronóstico del aguacero que caería horas después.

       Atento observó la llegada de alguien a la dirección de la servilleta, su silueta era delgada y alta, parecía tener cabello corto y piel blanca; el sujeto tocó la puerta  y espero unos minutos antes de que alguien le abriera. Héctor aprovechó ese momento para salir del auto y dirigirse lentamente hacia el domicilio. Justo antes de que el portón fuera abierto logro cubrirse detrás de un coche  cercano y escucho el saludo de bienvenida que le daban al sujeto que tocó la puerta: – Te estábamos esperando.

        Antes de entrar, Rubén volteó hacia atrás para verificar que nadie lo  estuviera siguiendo:  con un gesto de naturalidad macabra saludó al hombre que le abrió la puerta, se dispuso a seguirlo no sin antes verificar que la entrada estuviera cerrada. Cuando lo hizo, el pasillo al que acababa de entrar quedo en tinieblas. Pero había suficiente luz como para seguir los pasos de su anfitrión.

       Héctor logró impedir silenciosamente que la puerta cerrara, seguía perplejo por haber encontrado a Rubén en aquél sitio, lo identificó cuando él volteó hacia atrás. ¿Qué haría ahora? ¿Estaría bien seguirlo? Se decidió por entrar después de esperar unos minutos para no tener el paso tan cercano a ellos y poder espiar sin correr peligro. Aunque él sabía que el simple hecho de estar ahí significaba ya un inmenso peligro.

        Seguía a paso firme el camino que su anfitrión le indicaba. Era un largo pasillo sin luz con muchos cuartos a los costados; la mayor parte de las puertas eran de madera,  estaban roídas y rotas, con agujeros cerca del suelo. Rubén alcanzó a escuchar lamentos humanos. No se asombró en lo absoluto pero decidió asomarse por uno de aquellos agujeros. La habitación era grande y  en medio había una mesa repleta de comida  la cual era la única zona alumbrada de aquel lugar. Como  le pareció no ver nada interesante en aquél lugar  se apresuro por alcanzar a su guía.

        -¿Para qué tienen esa mesa en aquél cuarto repleta de comida?

        – Es el proceso de iniciación para los niños que serán sacrificados esta noche.

        – ¿En qué consiste?

        – Están encadenados de los pies desde hace un par de semanas. Eran aproximadamente veinte menores cuando los trajimos.

       – ¿Eran? ¿Se han sacrificado algunos ya?

        – Es la ley del más fuerte Rubén, algunos han mutado de comensales a comida para sus acompañantes.

        Héctor entró al pasillo, no podía ver bien, pero alcanzaba a distinguir las siluetas de aquél lugar, caminó unos cien metros, en definitiva era aquella una casa muy grande, probablemente cubría toda la manzana. El pasillo terminó y giró a la derecha  donde una serie de habitaciones seguía su curso, por un momento se sintió desorientado, le pareció que el pasillo lo llevaba cuesta abajo. Justo al dar la vuelta en aquél pasadizo escucho el gemido de un niño. Forzó su vista para alcanzar a percibir algo  y notó que un brazo salía de un agujero en una puerta cerca del suelo. Los lamentos de aquél niño eran cada vez más grandes, sus gritos de dolor abarcaban todo el lugar e infundían miedo y nerviosismo en Héctor.

        Rápidamente se echó al suelo para  descubrir el porqué de esos lamentos aterradores.  Vio la silueta de un niño revolcándose por el dolor y algo que estaba detrás de él  provocándoselo. Tomo la mano que salía por el agujero de la puerta. El niño volteó a verlo cuando lo sintió y  Héctor aterrado  observo su cara, sangrando, deforme, sin piel, como si hubiera sido mordida por alguna bestia. Un pedazo de piel le colgaba de la mejilla a aquél pequeño, qué  al ver a Héctor le gritó: – ¡Es mi hermano! ¡Dile que no lo haga! ¡Es mi hermano!… Héctor lleno de miedo y desesperación echó a correr por aquél largo pasadizo.

         Rubén  y su acompañante llegaron a lo que parecía ser el sótano de aquella vieja casa. El lugar estaba alumbrado por antorchas y en medio había una gran piedra  tallada que  cumplía la función de tótem. A un costado se encontraba un escenario, de piedra también, dónde un  sujeto completamente desnudo degollaba  a un infante para en seguida beber su sangre y compartirla con los demás seguidores de la secta. Alrededor de aquél escenario mortuorio había una cantidad inmensa de pequeños cuerpos desmembrados.

        Héctor había llegado inconscientemente a la entrada de  aquél sótano, se asomó por un espacio pequeño  y miró al tótem, la gran mesa de piedra con los cuerpos desmembrados y la orgía que se practicaba en aquel lugar. Un olor asqueroso y nauseabundo salía de aquél sitio. Lleno de asombro observó como el que parecía ser Rubén se desvestía para unirse al rito ceremonial, pero algo lo dejó  más asombrado de lo  que ya estaba: el sujeto que abrió la puerta aquella noche era idéntico a Rubén.  De pronto se escucharon oraciones, alabanzas y gritos inhumanos; llegaba un nuevo sacrificio. Una niña de alrededor de 13 años era subida  a la piedra ceremonial, tenía la boca cubierta de sangre seguramente por haber participado de algún banquete antropofágico. Rubén y su doppelgänguer subieron desnudos al escenario y mientras besaban y violaban  bestialmente a la niña la mordían y arrancaban pedazos de carne. En ese momento  mi cliente, señor juez cayó inconsciente, cuando despertó se encontró en el hospital carente de lengua. Si éste testimonio se ha hecho público es porque lo ha entregado por escrito a la corte. Exigimos se condene a Rubén Almaráz  a una sanción que, aunque ilegal, consideramos justa en éste caso. Exigimos la pena capital.

Delirio

Publicado en Uncategorized el Febrero 27, 2009 por tepokany

Una noche tormentosa, en la que los rayos eran muy estridentes, y el océano se encontraba muy revuelto. Encontré en el pacifico flotando en una balsa pequeña y de color blanco a un náufrago que había estado en un desafortunado episodio común en las embarcaciones militares.

 Su nombre era Luis Alejandro Velasco y tenía ocho días en está aventura en la que vivió una serie de cosas que según pudo relatarme – no se las deseo a nadie -, su aspecto mostraba el cansancio similar al de alguien que trabajado sin parar por mucho tiempo. Estaba cansado, sediento y chamuscado por el sol.

 Comenzamos a entablar una curiosa conversación que inició con algo tan simple y tan obvio que parece una tontería. ¿Cómo está? – Le pregunté – cosa bastante torpe, para alguien que ha estado varios días sin comer, sin beber y expuesto a los rayos del sol. – Mal y muy cansado – me respondió, con una falta de interés tremenda, la cual yo atribuí a su falta de alimento y sus pocas horas de sueño.  La verdad no supe que decir, qué consuelo podría darle yo que no era más que el producto de su volátil imaginación. Me puse roja hasta las orejas y comencé a sudar.

 Hubo un largo silencio mientras intentaba pensar qué palabras podría reconfortar a un desgraciado como aquel. ¿Gusta un cigarrillo? le dije, al tiempo que sacaba de mi bolsillo una cajetilla de Camel y un encendedor de esos que cuentan tres pesos en el mercado. Él me respondió – no fumo, es malo para los pulmones – luego lo recapacitó un poco y me dijo – ¿qué importa ya si cuido mis pulmones? De todas formas no creo salir vivo de este embrollo.

 Intenté darle ánimos diciendo ya veras que las cosas se van a arreglar. Pero él no pareció tan convencido de ello. Detesto – me dijo – que las personas quieran darte esperanzas inútiles al respecto de algo que está totalmente perdido. Después de ocho días en los que he estado perdido, sólo he visto tres aviones que intentaron rescatar a los náufragos de la tripulación y yo no tuve la fortuna de morir con ellos. Para es momento es evidente que Luis ya consideraba a la muerte como un privilegio, más que un castigo.

 Su maltrecho cuerpo estaba a punto de sucumbir ante el cansancio y la desesperación de no tener algo de lo cual aferrarse para mantenerse lucido, entonces se levantó del lugar en el que había estado sentado largo tiempo, dio un pequeño giro hacia la derecha y dispuesto a todo se lanzó a la inmensidad del agua, dispuesto a ser devorado como un pequeño pez al que devora un tiburón.

 De pronto sintió la humedad del inmenso mar que lo rodeaba, como la corriente lo jalaba hacia en fondo, saboreó un poco de agua salada; pudo ver como era atacado por un enorme tiburón blanco, el cual le arrancaba una mano de un tajo, sintió como comenzaba a desangrarse y a perder fuerza. Entonces un sobresalto lo volvió a la realidad, despertó lleno de sudor frío, ese sudor que sólo puede producir un mal sueño. Pudo ver que aquello que lo atormentaba había producido tan horrible sensación, era sólo una gaviota que picoteaba su mano y había ya logrado hacerle una pequeña herida.

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Una vez más cedo este espacio para presentarles el que al menos a mi me pareció un gran cuento, tiene un retruecano medio raro que le da el toque especial, el narrador es la alucinación del personaje y  hasta ahora no habia leido algo asi. Espero les haya gustado el cuento la autora es :Fabiola Hidalgo. Le mando un abrazo y un beso. Gracias a ustedes por visitar.

Me supernovo con rápidez…

Publicado en Uncategorized el Febrero 19, 2009 por tepokany

Fue entonces cuando comenzé a sentir calor, de ese calor asfixiante, secante que sólo logra incomodar. Caminaba lentamente por la tarde calurosamente redundante que habia sido enmarcada, catalogada y enjuiciada con la palabra “contingencia ambiental”. Respiraba lentamente el espeso smog que cubría la ciudad, mirando hacia abajo, más para no ver a los demás que porque tuviera alguna tendencia suicida. Izquierdo, derecho, izquierdo, derecho. El torbellino de ruido, de gente, de smog, de calor y de luz me hacian tambalear mientras seguia viendo mis pies andar. Derecho izquierdo, derecho izquierdo, alto.

Reconocí esos tenis: gastados, sucios, libres, cómodos, irreales, utópicos. Mi mirada subió lentamente hasta que vi tu rostro. Una leve sonrisa más apática que gustosa se entornaba en tu rostro. Tus ojos rasgados, pequeños me miraban entre alegremente y apaticamente igual que tu sonrisa. Tal vez soy masoquista porque es la mirada entre alegre y apática que me gusta ver siempre. Indica que todo es normal, que no hay nada que halla cambiado ni hacia la alegria, ni hacia la tristeza, ni hacia el orgullo, ni hacia el enojo, ni hacia el odio. Miro tus ojos y sonrio más porque me gusta hacerlo que porque demuestre una norma de cortesia común en el tipo de relación que indica que debe ser como debe ser. Esa relación que tu y yo tenemos.

Me quedo callado, andas y te sigo, sin palabras, sin más gestos que las sonrisas regaladas en cuanto nos vimos. No espero nada más, sólo esos instantes que me hacen sentir bien y olvidar el smog, el calor, la gente, el dolor, los problemas, el ruido. Ese viaje intrapersonal que solo se logra interpersonalmente contigo, con tu sonrisa medio apática y medio alegre. Llegué media hora tarde hoy, y te cancelé una cita otro dia. Finges que no te importa, pero sé que te enoja, finges que me comprendes pero sé que no es así, porqué la comprensión no existe; finges que no me quieres, pero tengo pruebas contundentes de que eso es una falacia.

¿Qué por qué lo sé? Es fácil, odias que te deje esperando, que te cancele una cita, que no te bese la mejilla ni que te acaricie el cabello, odias que llegue tarde al metro y que no te cargue la mochila. Son esos tipos de cosas que siempre odian cuando aman a alguien. Porque aunque lo hagas poco y secamente, sé que me amas. Porque una cosa es el enamoramiento y otra el amor. Yo no creo que te amo, más bien sé que te amo. A veces esto no se puede identificar tan fácil, es pero que no sólo estes enamorada, pero seguiré creyendo, soñando, delirando y cantando que me amas.

Abren las puertas y entramos, con el calor, el smog, la gente y el ruido. Caminamos.

Pulga

Publicado en Cuentos el Enero 27, 2009 por tepokany

Desde el primer instante en que lo vi sabia que era un ser especial. Aunque muy pequeño, me hacia sentir una gran alegria el poder mirarlo, lo cargué entre mis manos y lo nombré. Era mio. Mi amigo. Su piel seguia algo humeda pero no me dió asco. Se podia notar que no alcanzaria demasiada altura, siempre dicen que las mejores cosas del mundo vienen en pequeños paquetes, pensé, y sonreí. Pulga, ese era su nombre.  Pelaje color miel con las patas y el pecho blanco, orejas grandotas como averiguando los secretos de una casa fria. Siempre atento a cualquier cosa que pasara por la casa, tirado en  el patio donde le diera el sol, alegre cuando lo llamabas y si te encontrabas falto de ánimo se podria creer que hasta cierto punto te entendia, se sentaba a tu lado como escuchandote, mirandote pasivamente esperando a que soltaras una sonrisa y empezaces a jugar. Pulga era mi amigo, me río al pensar que tal vez el único que me recibia alegremente al llegar a casa, al menos él si se alegraba de mi regreso.

Hoy me arrebataron a mi amigo, a ese perro que   alegre  saltaba al ver cada mañana que salia de mi cuarto, el que se quedaba dormido por horas junto a mi en la cama, que  aullaba cuando llovia y  perseguia a los gatos del vecino. Se lo llevó una señora gorda que sonreia, estaba feliz. No quise ver su cara, no quiero saber quién se lleva a mi amigo, sólo lo vi a él antes de que saliera de mi puerta, con cara de asombro, de duda. “¿Por qué está señora me esta agarrando? ¿ Por qué me separan de mi hogar? ¡Yo estoy a gusto aqui!” pensé que diria, si pudiera hablar claro.

¿Qué estará haciendo ahora? ¿Lo estarán agarrando pesadamente un monton de niñitos imbéciles riendo mientras lo hacen sufrir? ¿Lo  obligarán a comer o ladrar solo para tener un espéctaculo del nuevo juguetito que tienen? ¿Y que harán cuando se cansen? ¿Lo dejarán durmiendo en la azotea o en el patio durante las noches frias cuando se hallen aburridos de él? ¡Malditos! ¡Es mi perro! ¡Es mi amigo!

Es mi perro, mi Pulga y no lo quiero olvidar, tengo miedo de hacerlo, miedo de despertar mañana y no verlo al salir de mi cuarto, miedo de que en una semana, un mes, un año, ya me hallá olvidado de él.