América latina, nación internacional
América latina, nación internacional.
“ Yo soy la nación, soy la soledad, lo particular,
soy la humanidad, […]
El negocio soy, soy lo ilegal, nada es así,
todo es igual…”
David Byrne, Desconocido soy.
¿Cuáles son los rasgos, en principio, que nos definen como latinoamericanos? La respuesta más básica es la que refiere a nuestro pasado colonial, en un ambiente subyugado ante una potencial invasión reformadora de la “naturaleza” de los pueblos habitantes originales. Una deficiente democracia que recae en una transición interminable entre el gobierno del pueblo y el poder dictatorial. Economías y políticas serviles hacia entidades internacionales con mayor presencia y poder. América latina es un gran productor de cultura devaluada por sus mismos productores y, en esencia, un vastísimo territorio de polaridades sociales.
La historia nos dice que como latinoamericanos compartimos un trauma especial al ver nuestro orden derrumbarse. Los grandes imperios indígenas formados a lo largo de este lado del globo, y consolidados por eficientes practicas mercantiles, se vieron destruidos y borrados por una cultura con mayor e indiscutible avance tecnológico, más no por eso, superior. Las crónicas de los sacerdotes españoles que tuvieron la oportunidad de ver la nación mexica en todo su esplendor dan cuenta de la magnificencia con la que esta civilización se desenvolvía en su vida cotidiana: la arquitectura, la tradición, la escritura ideográfica, la política y la compleja estructura social.
En efecto, la civilidad de algunos antiguos pueblos de América Latina nos habla incluso de superioridad respecto a los conocimientos científicos en Europa, como la mayor exactitud en la cronología, las matemáticas y la astrología maya. Sin embargo, la herencia cultural heredada por cientos de generaciones nos refiere a un sentimiento de inferioridad, que incluso nos valió el orden de toda una era. El problema, que al parecer surgió en la conquista, es que a lo largo del tiempo nuestro pueblo ha optado por identificarse con los conquistados originales, lamentando la realidad histórico-social e incluso dejando a un lado el reconocimiento de nuestra naturaleza mestiza.
Nos hacemos indigenistas al mismo tiempo que excluimos a los indígenas sobrevivientes; tratamos de homogeneizarlos (extinguirlos) mientras exaltamos un patriotismo absurdamente identitario con ellos, con una acción parasitaria que únicamente se nutre de los recursos económicos que la exhibición de ellos nos deja. Nos creemos parte importante de un rescate altruista que deriva en un show tragicómico donde la desaparición de aquellos a quienes “salvamos” es el resultado infalible de una inclusión exitosa a la sociedad occidental: María, una chica indígena, prueba su suerte en la ciudad y, por azares del destino, termina convirtiéndose en dueña de una empresa con grandes ganancias.
Por otro lado, Latinoamérica se une por la práctica efímera de una ilusoria democracia que convierte a sus ciudadanos en consumidores políticos, acríticos del gobierno y conformistas sociales. Derivando en la implantación de dictaduras o gobiernos autoritarios, que constantemente son rehusados y aceptados, en un proceso pendular de vaivén que se conoce en el ambiente político, a manera de sarcasmo, como transitocracia.
Para Marcos Roitman Rosenmann, pensador contemporáneo, uno de los problemas en el modelo democrático que se persigue es el conformismo social, que es un tipo de comportamiento que se presenta con “la adopción de conductas inhibitorias de la conciencia en el proceso de construcción de la realidad. Se presenta como un rechazo hacia cualquier tipo de actitud que conlleve enfrentamiento o contradicción con el poder legalmente constituido”[1], es decir, una actitud acrítica y desinteresada por parte del ciudadano.
De esta forma, al no tener interés el latinoamericano permite que la práctica política de su nación se vea alterada por gobernantes corruptos que se valen de técnicas populistas para lucrar y obtener beneficios de su situación. Al degenerarse la praxis política en un estado hay dos caminos consecuentes: la implementación de dictaduras o la continuidad de gobiernos que no se preocupan por lo público en su mandato.
América Latina se encuentra en una encrucijada según Carlos Antonio Aguirre Rojas, en la disyuntiva de seguir con esos gobiernos o cambiar la forma de administrarse. Se ubica, también, en un ardid intelectual en el que la literatura prepondera y busca sitios de prestigio internacional, presenta nuevas tendencias izquierdistas, y ponderan las riquezas naturales. Esto, según Aguirre, coloca a América Latina en un punto estratégico, “será sin duda un rol central y de vanguardia, un rol que desde ahora se anuncia en sus movimientos sociales antisistémicos, en su rica y cosmopolita cultura, en su inmensa riqueza biogeográfica, pero sobre todo y de modo muy claro, en las tenaces y rebeldes clases populares subalternas de todos nuestros países y pueblos latinoamericanos”[2].
Culturalmente, América Latina sufre y goza una polisemia de presentaciones artísticas y folclóricas. Cuenta con una diversidad de etnias que claramente influyeron en la forma de desarrollar la literatura, las artes plásticas, la fotografía y la moda. En literatura se podría hacer notar la preponderancia del estilo realista, explicable si se analiza la verdad histórica de una América conquistada; lo mismo para las artes plásticas, con la visión burguesa de Diego Rivera y los muralistas al tratar de mostrar la naturaleza popular de los pueblos latinoamericanos.
Ante todo, se muestra una América Latina indecisa y confusa que en la teoría es conformista, soez y vulgar y en la práctica resulta contraria, o al revés. Una América Latina que expande fronteras, percepciones, estimaciones, sueños; es una Latinoamérica que no encuentra fronteras, que se ve en el espejo y no se reconoce, que no sabe si enfrentarse al vinculo globalizador o unirse a él. Por eso para Néstor García Latinoamérica busca un lugar en este siglo: porque se siente desubicado.
Sin embargo, esta desubicación no refiere simplemente al territorio, sino a la producción simbólica, una especie de crisis por la que pasan los chicanos al no sentirse ni estadounidenses ni mexicanos; los maras al no sentirse centroamericanos o mexicanos; los miles de braceros que se ven en la paradoja de no poder vivir donde nacieron, ni vivir donde trabajan. Sólo vivir, errantes pero importantes, desde la Patagonia, hasta el país de la hoja de maple, en España, Inglaterra, Francia: una Latinoamérica que no tiene fronteras y que en busca de ese lugar ideal se adueña y amolda para sí una cultura distinta. Latinoamérica va en pro de la universalidad cultural.♣
[1] Marcos Roitman. El pensamiento sistémico. Los orígenes del social-conformismo. p.1.
[2] Carlos Antonio Aguirre. América Latina en la encrucijada. p.127.