El sueño me invadia como si hubiera estado en una eterna vigilia. Los parpados los sentia pesados y mi caminar era débil y torpe. El tren subterráneo llegó a la estación, y mientras mi mente apagada veía como pasaba una tras otra de las puertas de aquél transporte, mi cuerpo se sentía pesado y sin vida. Subí al anden y me senté en el lugar junto a la ventana. Una tras otra pasaban las estaciones y mi pensamiento divagante no lograba encontrar reposo.
Me quedé dormido no sé cuanto tiempo, pero desperté gracias a un grito mortal que se dejó oír más allá de la estación. El vagón estaba dentro del túnel, sin moverse, y con las luces apagadas. Desconocía el tiempo que había estado dormido en esas condiciones, pero miré mi reloj, y era poco más de media noche. Estaba atrapado. El miedo y la desesperación por encontrarme solo en tan lugubre lugar me invadieron instantáneamente y no pude evitar el enfocar mi vista hacia cualquier parte del vagón cada vez que me sentia amenazado por la oscuridad desfiante de aquélla cárcel bajo tierra. De pronto el tren comenzó a avanzar y podría jurar que conforme pasaba el tiempo aceleraba su velocidad y dejábamos las estaciones una tras otra, hasta llegar a un número irracional e infinito de ellas.
El sonido del tren avanzando por los rieles era desesperante y espantoso. De pronto se detuvo con un frenón carraspeante yagudo que hizo que mis oidos estuvieran a punto de estallar. Se abrieron las puertas de todos los vagones y no sabia si esperar a que subiera algo al anden o mejor bajaba yo a explorar la situación. Pude haberme quedado a esperar el amanecer, pero sentía más miedo de estar ahi esperando a que algo o alguien entre por aquellas puertas abiertas que cuando estaba encerrado por ellas.
Baje de un salto y caminé a un costado de las vías, inumerables roedores andaban cerca de mis pies, y el camino fangoso me impedia correr. Volví a escuchar un grito desgarrador pero esta vez de mujer, seguido de varios aullidos de aprobación. Seguí el ruido y encontré un sendero que parecía ir hacia abajo, caminé por él alrededor de quince minutos cuando apareció frente a mi la entrada de una cámara al final del túnel. Estaba alumbrada por antorchas y un olor pestilente y muy fuerte inundaba el lugar, si no vomité fue gracias a la adrenalina en mis venas que la circunstancia provocaba.
Se dejaban oír gritos de aprobación y sonidos guturales, la peste era en verdad tan fuerte cuando uno entraba a la cámara que era inconcebible que se pudiera respirar ahi sin retorcerse y tirarse al suelo. La escena que tenía ante mis ojos me dejó impactado, cientos de personas en un salón grandisimo disfrutaban de un banquete, todos vestidos con trajes de gala, en hermosas mesas iluminadas por candelabros de oro colgando de aquélla bóveda, cómo centro de me sa tenían cabezas de perros, cerdos y humanos; lo que representaba, segun mi observación, el grado de importancia o la distinción de clases entre aquellos comensales.
Parecían esperar un banquete puesto que los platos estaban vacíos, pero pude ver que en varías mesas aquéllos personajes de tan fina estampa se dejaban llevar por la incitación de los centros de mesa provocaban, puesto que varios eran tomados como aperitivos.
Justo cuando veía a una anciana ataviada con perlas al cuello y plumas en el cabello cojer el ojo de una cabeza humana y comérsela, sentí un fuerte apretón en el brazo izquierdo: un ser monumental, de casi dos metros de estatura y muy fornido me dijo: ” Lo estan esperando señor, permìtame acompañarlo a su mesa”, levantándome con gran facilidad. Me sentó en la mesa de la anciana antropófaga y mientras esperaba horrorizado a que se acabara su aperitivo ella cogió un tenedor y aun con la boca llena me dijo: “Hola mi pequeño nieto, hace mucho te esperaba, ¿No gustas el ojo de tu padre?”