Anuncio de una crónica muerta
El seis de junio del dos mil seis a las ocho de la mañana Rubén se levantó y recogió el periódico que diariamente llegaba a su buzón. Se sentó a desayunar a la par que ojeaba el diario en busca de alguna nota de su interés, preocupado más por las noticias referentes al caso que él estaba investigando que por los desplantes diarios del presidente de la república en sus ya conocidos spots. Desde hacía medio año la agencia le había confiado la tarea de investigar al senador López Loreto que supuestamente estaba involucrado con el narcotráfico y una secta que había secuestrado y asesinado a por lo menos veinte niños el último mes.
Casi a punto de terminar su desayuno su atención cayó sobre un edicto, el fondo negro y las grandes letras blancas lograron que su vista se fijara en ese cuadro y olvidara todo lo demás, hicieron que se cayera su mundo al igual que el vaso de jugo que se dirigía a su boca. “El Mercurio lamenta la pérdida de su colaborador Rubén Almaráz que trabajó durante diez años en nuestra redacción” decía el anuncio, la resaca que sufría fungió como detonante nervioso aquella mañana.
Sin duda eso era una amenaza y una señal del riesgo que corría al llevar a cabo esa investigación, que sin embargo, tenía ya casi terminada. Descubrió los verdaderos nexos entre la secta, el narco y la política de la república; no sólo el senador López Loreto estaba involucrado sino también altos funcionarios de presidencia, medios y empresas importantísimas.
Dejó el periódico, se bañó y salió de su casa. Un auto estaba estacionado en la acera de en frente, era él. Tratando de no ser visto por los vecinos se dirigió hacia el auto negro y subió arrancando inmediatamente. Le preguntó la razón de haber ido a buscarlo a su domicilio y exponer la operación después de tan intrigante suceso; nunca Rubén tenía visitas, mucho menos esperándolo extrañamente frente a la casa de los García, los vecinos más chismosos de todo Coyoacán.
El auto tomó avenida universidad y se metió en unas calles para salir a Reforma. Rubén bajó del auto frente a las oficinas de El Mercurio y entró a la recepción observado por el asombro de todo el edificio que detuvo sus labores para preguntarse cómo el muerto de aquella mañana estaba caminando entre ellos.
Rubén se dirigió a la oficina del presidente, éste colgó el teléfono mientras asombrado lo miraba entrar por la puerta.
-¿Cómo es posible?- le preguntó el editor -Hoy en la mañana vimos tu cuerpo en la morgue, yo te vi…
-Fue una artimaña planeada por ellos. En realidad no salí de mi casa en todo el fin de semana.
– ¿Quieres que te de un tiempo, unas vacaciones, en lo que se calman las cosas?
– No te preocupes Héctor, estoy bien. Ellos no me tienen localizado, no hay forma de que den conmigo.
– Pero ya saben que los estás investigando, creo que es mejor dejar esto por un tiempo, no podemos arriesgarte más, ha sido demasiado con el susto de ésta mañana. Cerrarás la investigación, sabes que eres como un hijo para mí, me dolería mucho perderte. Creí que te había perdido hoy.
– Agradezco que me hallas criado, pero eso no interrumpirá mi labor, tengo casi resuelto el caso no lo puedes echar atrás.
– ¡Te lo prohíbo!
– Si lo supieras no te atreverías… – dijo murmurando sin que Héctor lo escuchara.
Rubén salió de la oficina sin atender a los reclamos y peticiones de su padre adoptivo. Se dirigió a su cubículo, recogió algunos documentos y abandonó las instalaciones de El Mercurio. Caminó durante horas y pasó a comer a un restaurante de la colonia centro. La tarde fría y ventosa cada vez se volvía más obscura y él, después de un menú de platillos típicos de la ciudad, reanudaba su caminata. Parecía que no tardaría en llover.
Sus pies lo llevaron a la colonia Roma, deambulando por las calles solitarias, oscuras y frías. Llegó a la calle de Mérida acompañado de una ligera llovizna. A mitad de la cuadra se ubica una casa antigua, casi en ruinas; el portón tenía el número ocho. Rubén tocó la puerta y un sonido seco inundó el que al parecer era un pasillo, esperó unos minutos y después escuchó pasos lentos y arrastrados que se dirigían a abrir la entrada. Con un chirrido oxidado, fuerte y espantoso se abrió el portón; un hombre delgado, de nariz afilada, ojos grandes, cabello negro y blancas manos largas lo recibió diciéndole: – Te estábamos esperando.
Era él de nuevo, el mismo sujeto del auto negro en la mañana.
Mientras Rubén se encontraba comiendo en el restaurante, Héctor decidió salir de la redacción e ir a la morgue de nuevo a tratar de obtener información sobre el cadáver que había creído esa mañana era el de su hijo. Conducía lentamente tratando de encontrar una explicación a lo acontecido; el cadáver había sido identificado por él, sin duda era Rubén muerto, pero, si fue un truco de la mafia ¿Por qué había reconocido sin duda alguna aquél cuerpo? Llego a la morgue y pidió ver al occiso de nuevo. Los encargados lo dirigieron a la zona dónde se encontraban los cuerpos reconocidos, abrieron la urna número ciento veintitrés y se quedaron asombrados al ver que el cuerpo ya no estaba. Los médicos salieron a las oficinas a preguntar si alguien se lo había llevado, pero nadie sabía nada. El director del forense le prestó las pertenencias del difunto a Héctor, por si le fueran de utilidad.
Revisando la chamarra encontró una servilleta, en ella estaba escrito un número de teléfono y una dirección que no se encontraba muy lejos de allí. Sus manos arrugadas y viejas manejaban el volante desesperadamente. En menos de diez minutos estaría en aquella dirección; el ambiente se hacía más denso y húmedo, era seguro que iba a llover.
Llegó al lugar citado y decidió aparcar ya que no era una colonia muy transitada y sus calles eran anchas. Una ligera llovizna caía sobre la ciudad, sin embargo, se avecinaba una tormenta pues fuerte viento era pronóstico del aguacero que caería horas después.
Atento observó la llegada de alguien a la dirección de la servilleta, su silueta era delgada y alta, parecía tener cabello corto y piel blanca; el sujeto tocó la puerta y espero unos minutos antes de que alguien le abriera. Héctor aprovechó ese momento para salir del auto y dirigirse lentamente hacia el domicilio. Justo antes de que el portón fuera abierto logro cubrirse detrás de un coche cercano y escucho el saludo de bienvenida que le daban al sujeto que tocó la puerta: – Te estábamos esperando.
Antes de entrar, Rubén volteó hacia atrás para verificar que nadie lo estuviera siguiendo: con un gesto de naturalidad macabra saludó al hombre que le abrió la puerta, se dispuso a seguirlo no sin antes verificar que la entrada estuviera cerrada. Cuando lo hizo, el pasillo al que acababa de entrar quedo en tinieblas. Pero había suficiente luz como para seguir los pasos de su anfitrión.
Héctor logró impedir silenciosamente que la puerta cerrara, seguía perplejo por haber encontrado a Rubén en aquél sitio, lo identificó cuando él volteó hacia atrás. ¿Qué haría ahora? ¿Estaría bien seguirlo? Se decidió por entrar después de esperar unos minutos para no tener el paso tan cercano a ellos y poder espiar sin correr peligro. Aunque él sabía que el simple hecho de estar ahí significaba ya un inmenso peligro.
Seguía a paso firme el camino que su anfitrión le indicaba. Era un largo pasillo sin luz con muchos cuartos a los costados; la mayor parte de las puertas eran de madera, estaban roídas y rotas, con agujeros cerca del suelo. Rubén alcanzó a escuchar lamentos humanos. No se asombró en lo absoluto pero decidió asomarse por uno de aquellos agujeros. La habitación era grande y en medio había una mesa repleta de comida la cual era la única zona alumbrada de aquel lugar. Como le pareció no ver nada interesante en aquél lugar se apresuro por alcanzar a su guía.
-¿Para qué tienen esa mesa en aquél cuarto repleta de comida?
– Es el proceso de iniciación para los niños que serán sacrificados esta noche.
– ¿En qué consiste?
– Están encadenados de los pies desde hace un par de semanas. Eran aproximadamente veinte menores cuando los trajimos.
– ¿Eran? ¿Se han sacrificado algunos ya?
– Es la ley del más fuerte Rubén, algunos han mutado de comensales a comida para sus acompañantes.
Héctor entró al pasillo, no podía ver bien, pero alcanzaba a distinguir las siluetas de aquél lugar, caminó unos cien metros, en definitiva era aquella una casa muy grande, probablemente cubría toda la manzana. El pasillo terminó y giró a la derecha donde una serie de habitaciones seguía su curso, por un momento se sintió desorientado, le pareció que el pasillo lo llevaba cuesta abajo. Justo al dar la vuelta en aquél pasadizo escucho el gemido de un niño. Forzó su vista para alcanzar a percibir algo y notó que un brazo salía de un agujero en una puerta cerca del suelo. Los lamentos de aquél niño eran cada vez más grandes, sus gritos de dolor abarcaban todo el lugar e infundían miedo y nerviosismo en Héctor.
Rápidamente se echó al suelo para descubrir el porqué de esos lamentos aterradores. Vio la silueta de un niño revolcándose por el dolor y algo que estaba detrás de él provocándoselo. Tomo la mano que salía por el agujero de la puerta. El niño volteó a verlo cuando lo sintió y Héctor aterrado observo su cara, sangrando, deforme, sin piel, como si hubiera sido mordida por alguna bestia. Un pedazo de piel le colgaba de la mejilla a aquél pequeño, qué al ver a Héctor le gritó: – ¡Es mi hermano! ¡Dile que no lo haga! ¡Es mi hermano!… Héctor lleno de miedo y desesperación echó a correr por aquél largo pasadizo.
Rubén y su acompañante llegaron a lo que parecía ser el sótano de aquella vieja casa. El lugar estaba alumbrado por antorchas y en medio había una gran piedra tallada que cumplía la función de tótem. A un costado se encontraba un escenario, de piedra también, dónde un sujeto completamente desnudo degollaba a un infante para en seguida beber su sangre y compartirla con los demás seguidores de la secta. Alrededor de aquél escenario mortuorio había una cantidad inmensa de pequeños cuerpos desmembrados.
Héctor había llegado inconscientemente a la entrada de aquél sótano, se asomó por un espacio pequeño y miró al tótem, la gran mesa de piedra con los cuerpos desmembrados y la orgía que se practicaba en aquel lugar. Un olor asqueroso y nauseabundo salía de aquél sitio. Lleno de asombro observó como el que parecía ser Rubén se desvestía para unirse al rito ceremonial, pero algo lo dejó más asombrado de lo que ya estaba: el sujeto que abrió la puerta aquella noche era idéntico a Rubén. De pronto se escucharon oraciones, alabanzas y gritos inhumanos; llegaba un nuevo sacrificio. Una niña de alrededor de 13 años era subida a la piedra ceremonial, tenía la boca cubierta de sangre seguramente por haber participado de algún banquete antropofágico. Rubén y su doppelgänguer subieron desnudos al escenario y mientras besaban y violaban bestialmente a la niña la mordían y arrancaban pedazos de carne. En ese momento mi cliente, señor juez cayó inconsciente, cuando despertó se encontró en el hospital carente de lengua. Si éste testimonio se ha hecho público es porque lo ha entregado por escrito a la corte. Exigimos se condene a Rubén Almaráz a una sanción que, aunque ilegal, consideramos justa en éste caso. Exigimos la pena capital.
Marzo 11, 2009 a 4:45 am
muy buen escrito
con sangre, misterio, muertos(es lo ke lo hace al estilo de E. A. Poe)
mas me cautivo el titulo que se le dio;
son muy buenos tus trabajos, sigue asi amigo
bitz…
Marzo 11, 2009 a 6:19 am
Wooooooooow…Gran crónica definitivamente me honra decir que soy tu amiga, aunque es un poco repetitiva en algunas palabras el buscar algunos sinónimos no caería mal… de ahí en fuera está perfecto ah y tu fondo ”cegador” ya no veo banda… jajaja xD te retekiero y sí q viva el Rock!!!
Marzo 15, 2009 a 3:02 pm
No manches si está muy cabrón el relato. Me gustó pero si es bastante
denso. Por cierto el cuentillo ese de “Delirio” ha sufrido algunas
modificaciones, a si quieres checalo en mi blog y lo cambias, nop?
Cuídate mucho (ya no te enfermes), te quiero harto, besos, bye.